Estado, hegemonía y educación
Cátedra: Pedagogía
Lic. Adrián Mazzuglia
Estado, hegemonía y
educación 

José Tamarit
La polémica, a juicio del autor
no resuelta, en tormo al problema de
la reproducción en la escuela, nos motiva a canalizarla relación
entre Estado y educación. Para ello, se incursionara en el tema del poder,
la hegemonía, el crecimiento escolar y la reproducción en la escuela,
haciendo hincapié en los dos últimos.
la reproducción en la escuela, nos motiva a canalizarla relación
entre Estado y educación. Para ello, se incursionara en el tema del poder,
la hegemonía, el crecimiento escolar y la reproducción en la escuela,
haciendo hincapié en los dos últimos.
La relectura de algunos trabajos que tratan el complejo tema de la educación popular, nos impulsa a formular algunas
reflexiones sobre la relación entre Estado y educación, relación que
naturalmente puede ser abordada no sólo desde distintas perspectivas
teóricas, sino también desde distintos ángulos o en función de objetivos; y motivaciones
diversas.
En lo
que a esto último se refiere, y sin pretender agotar
la lista, el tema puede ser analizarlo con referencia
a las "obligaciones" del Estado y su efectivo cumplimiento, en
cuyo caso se incluyen asuntos tales como: cantidad y calidad
de los servicios, igualdad de oportunidades, segmentación y diferenciación
educativa. Por otra parte puede ser considerado en función de la dicotomía educación pública - educación privada. En este caso, el análisis se vincula no sólo a los asuntos anteriores sino que incluye aspectos ideológico-doctrinarios, frecuentemente ligados a la larga polémica
entre Estado e Iglesia. Asimismo, el
problema puede ser estudiado con referencia al movimiento general de
la sociedad, hallándose aquí implicadas cuestiones sustantivas que aluden a continuidades o
transformaciones en lo económico, político e ideológico. Precisamente en este terreno planteó la polémica el reproductivismo, y, en general, todo el enfoque crítico de la educación y de la función de la escuela en "la sociedad desigual". Más allá de matices, particularizaciones (lo económico, lo político,
lo ideológico), oposiciones, formulaciones
"superadoras", etc., la discusión quedó centrada en torno a un
interrogante fundamental: ¿la educación (la
escuela), es un instrumento para el mantenimiento del status quo
exclusivamente, o puede serlo también para la transformación de la sociedad?
La polémica, a nuestro juicio no
resuelta, en torno al problema de la
reproducción en la escuela, nos motiva a analizar la relación entre Estado
y educación desde la última perspectiva de abordaje que acabamos
de presentar. Ello nos llevará a incursionar en los
temas del poder, la hegemonía, el conocimiento
escolar y la reproducción en la escuela. Si bien
dedicaremos más espacio a estos dos últimos asuntos
-los dos primeros sólo serán presentados como marco de análisis
- la obligada brevedad de este trabajo no nos permitirá
tratarlos con la extensión que en rigor merecen.
Hegemonía y poder
Cuando Gramsci define al Estado como
"la sociedad política + sociedad civil, vale decir
hegemonía revestida de coerción", al tiempo que nos propone su
concepto de estado ampliado o pleno,
establece las coordenadas
fundamentales que guían o delimitan el
análisis entre la cuestión del
poder y su relación con las
instituciones culturales, las
prácticas correspondientes y los
resultados de dichas prácticas. De
tal modo que cuando afirma
"...cada Estado es ético en cuanto
una de sus funciones más importantes
es la de elevar a la gran masa de la
población a un nivel cultural y moral..."
y que "la escuela como
función educativa positiva y los
tribunales como función educativa
represiva y negativa son las
actividades estatales más importantes
en tal sentido" (Gramsci, 1972,
pág. 154), no hace más que desplegar
un razonamiento que se halla
potencialmente presente en aquella
fórmula tan sintética como precisa,
que completamos con esta obra:
"el Estado es todo el
conjunto de actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio, sino que llega a obtener el consenso de los gobernados" (Buci-Gluksmann, Ch., 1978, pág. 123). Es en el marco de este concepto de Estado pleno que Gramsci visualiza la crisis de Hegemonía como una crisis del Estado en su conjunto.
La crisis rompe el equilibrio entre
dominación y hegemonía; el
débil ejercicio de esta última exige
fortalecer la coerción; la clase dominante necesita recurrir a la fuerza porque ha dejado de ser
"dirigente".
Como
diría Apple, estamos tratando de "situar" a
la escuela, de asignarle un espacio y una función en un
contexto histórico-social en cuyo seno se verifican las
relaciones de poder asimétricas entre clases
sociales dominantes y subordinadas.
En el esquema gramsciano, la escuela (la educación,
él sistema educativo) es un importante
“aparato de hegemonía”, que cumple con mayor o menor eficacia, según la coyuntura histórica nacional e internacional, su importante función cultural y mora de reproducción y consolidación del consenso activo de las masas, ajustando y
adaptando el discurso hegemónico y las
prácticas correspondientes a las
necesidades del mantenimiento y desarrollo del. sistema en las esferas
de lo económico, lo político y lo ideológico;
discurso que debe ser actualizado en
la medida en que resistencias,
antagonismos y planteos alternativos
requieran ser enfrentados y neutralizados.
Pero, a esta caracterización
de la hegemonía que nos la muestra en su
significación respecto del movimiento general del la sociedad, es preciso agregar su otra dimensión, es decir, aquella que nos remite a su acción y efectos sobre los individuos, a su papel en la constitución misma de las
subjetividades humanas. En este
terreno es; forzoso señalar que el
concepto de hegemonía compite con el
de "socialización" (central en el discurso
funcionalista), y sólo lo admite en tanto sea redefinido como "un tipo
especifico de incorporación” es decir, como la
internalización de valores, normas,
actitudes, representaciones del mundo,
etc., producto de una selección que
lejos de ser espontánea, casual o
“natural” es el resultado previsible
de una situación concreta de dominación Social.
Decimos
entonces que la hegemonía, concebida siempre como proceso,
puede y debe ser estudiada en la doble dimensión de su función
en el movimiento general de la sociedad y la de
sus efectos sobre la constitución la de las personalidades.
Desde este punto de vista, la escuela "es estado” independiente
de su condición de pública o privada (estatal o
particular), en la medida en que "adhiera al
programa estatal". Del mismo modo, el maestro (el docente,
el educador en general) será "funcionario" de ese
"Estado" (Estado- ampliado) en
tanto participe-acuerde con el
discurso hegemónico; es decir transmita, elabore adapte dicho discurso y las
prácticas que de él se deriven a la necesidad de garantizar la continuidad de
lo existente.
También
en este caso poco importa que desarrolle su tarea en una
institución oficial o privada; lo que define su condición de
"funcionario" es el grado de adhesión o rechazo,
no sólo a una visión del mundo y de las cosas en
términos generales, sino a un particular proyecto
histórico de Nación, que incluye una determinada lectura —por
cierto nada neutral— del pasado, el presente y el
Futuro del país (Gramsci, A., 1972, pág. 193).
Lo
expresado en los renglones anteriores exige una
aclaración que evite malos entendidos. Aludir al maestro "funcionario"
no implica adjudicarle intencionalidades
políticas a su acción. No lo estamos
concibiendo como cómplice de un determinado
sistema de dominación. El nivel de
conciencia que el maestro posee del significado de su función en la sociedad —que sin duda presenta una amplia ganta de diferenciación— depende del grado de incidencia del discurso hegemónico en la conformación de su "sentido común". En la acepción gramsciana de la expresión, el "sentido
común” está en la base de nuestras valoraciones y representaciones,
estableciendo los límites naturales de nuestras prácticas. Por así
decirlo constituye "la realidad”
y consecuentemente nuestros horizontes epistemológicos, éticos, y fácticos.
Por ello es que nadie actúa a contramano de su
"sentido común" en la medida en que no sea obligado a hacerlo.
Lo
anterior nos conduce a una segunda aclaración: si la adhesión
convierte a cada maestro en un "funcionario",
el rechazo, en tanto permanezca en la esfera
de lo íntimo y no se traduzca
en alguna forma de resistencia o de
práctica alternativa, no impide que
en los hechos continúe siendo un
"funcionario". Naturalmente,
aquí es necesario admitir —tanto en
lo que se refiere a la intensidad
del rechazo como a la calidad de la
resistencia—un amplio espacio de variación que dependerá no sólo de circunstancias
subjetivas sino también objetivas
(Heller, A., 1985, pp.136-137) (5). Cabe
aquí aplicar el planteo de R.
Williams respecto de la autonomía del
intelectual y sus prácticas (en este caso el maestro, el docente). Según el citado autor dicha autonomía depende de la distancia que las prácticas en cuestión guardan respecto de las estructuras (de lo económico y de lo político)(Williams, 1982). En consecuencia el maestro, en tanto trabajador en situación de dependencia respecto del Estado o de la empresa privada, verá limitada su autonomía de acción por el control político-institucional
(en el ámbito oficial) o por
la regulación empresarial (en
la escuela privada); límites que según
las circunstancias o las esferas específicas de su
actividad, pueden llegar a estrecharse sobremanera.
Sin embargo, vale aclarar que la presión-represión
que ejercen las estructuras sobre las prácticas docentes y académicas en general, no es igual en todos niveles y espacios del sistema educativo (oficial y privado). En nuestro país, la tradición "reformista" ha ejercido
siempre una fuerte resistencia al cercenamiento
de la "libertad de cátedra", principio innegociable
del movimiento estudiantil nacido en Córdoba en 1918. Otro tanto ocurre con el principio más general que proclama la “autonomía universitaria". En efecto, tanto uno como otro producen un “alargamiento" de las distancias (continuando con la metáfora espacial) entre las
practicas académicas y la estructura; es
decir, un debilitamiento del contró1
institucional que el Estado pude
ejercer sobre "sus empleados". Esto es válido, claro está, en el ámbito oficial, pues en el privado la historia es otra. No obstante, cabe observar que también en este caso puede tener
alguna vigencia el principio de "libertad de cátedra”
Estado, conocimiento escolar y reproducción
En su trabajo Escuela y clases subalternas, J. Ezpeleta y E. Rocksvell,
nos proponen un análisis de la
vida cotidiana en la escuela, lugar
éste donde "se encuentran el Estado (de clase.) y las clases subalternas" (Ezpeleta y Rocksvell, 1985). En este "singular espacio", al
decir de las autoras, confluyen .y confrontan
los intereses de las clases dominantes (cuyos intereses representa el Estado) y las clases dominadas. La escuela, concebida tanto el resultado de una construcción
social, es el escenario donde se verifican
una serie de procesos que realmente
la constituyen, entre los. que se
destacan por su decisiva importancia
los de control y apropiación. Si bien
ambos son una consecuencia de la
señalada relación entre Estado y clases
subalternas, el control, “como proceso
vinculado al poder...tiende a articular las acciones del poder estatal...", “no obstante lo cual, y en virtud de que el poder es también una relación"...existe un control explícito, ejercido coyunturalmente por los sectores sociales dominados..." (Ezpeleta y otro, 1983,
pág. 201), que se manifiesta en forma de resistencias
o neutralizaciones de las iniciativas estatales o de propuestas
alternativas.
Contrariamente, en el proceso de
apropiación se expresan los intereses y las iniciativas
de los sectores dominados. “En la vida de
todos los días (en la escuela) son los maestros,
alumnos y padres en tanto sujetos quienes se
apropian de los usos, las formas, las tradiciones
que dan continuidad relativa a la escuela".
Queda claro, entonces, que ambos procesos se refieren
a todos los aspectos de la vida cotidiana en el ámbito
escolar: espacios, usos, tradiciones, relaciones
entre los sujetos, contenidos educativos, etcétera.
La breve y parcial exposición del trabajo de
Ezpeleta-Rocksvell que antecede, ha sido
hecha con el propósito de formular
algunas aclaraciones respecto de los conceptos de control
(estatal-empresarial) y de apropiación. Entendemos que tanto uno como otro
deben ser sometidos a crítica, pero en particular el
último en virtud de su uso frecuente y ambiguo. Se
impone, reiteramos, efectuar una revisión de dichos conceptos por
cuanto la discusión en torno a la visión reproductivista
de la escuela, así como la referida
al problema de la educación popular, remiten necesariamente al tipo de fenómenos a los que aluden dichos conceptos, lo cual implica admitir que en gran medida la condicionan; es decir, constituyen el terreno en el cual la misma
debe ser planteada.
El control del
Estado
Por lo
dicho más arriba, vemos que el estado no sólo controla
los contenidos escolares, fija los criterios
de evaluación, etc., sino que mediante toda una batería -de ordinario bastante pesada-
de reglamentaciones, normas, circulares, disposiciones, etc., de diverso tipo y alcance, procura regular la vida de la escuela; la relación entre sus miembros, de la institución escolar con "el sistema", con la autoridad educativa, con la misma comunidad. Todo
ello supone un sistema de regulación que
arranca desde la autoridad central, pasa por los distintos niveles (le la supervisión, la dirección de la escuela, y concluye en el docente (maestro, profesor, preceptor). En esta acción positiva y negativa, que prescribe y limita, que obliga y prohíbe, participa también,"La
comunidad". Los padres, en forma
individual o colectiva (asociaciones
de padres, clubes de madres, etc.) e
instituciones y organizaciones diversas de "la sociedad
civil" acompañan al Estado en su tarea de control, llegando a constituirse en ocasiones en activos agentes cuando el mismo se manifiesta en sus aspectos más negativos y represivos. Esto último no hace más que dar razón al concepto de Estado ampliado que nos propone Gramsci; las
instituciones constituyen --o se constituyen para el caso— en una prolongación del Estado, "son Estado",
diría el teórico turinés, así, como
los padres, los vecinos son o se convierten
en "funcionarios", papel que
a veces desempeñan con inusitado celo.
Con lo antedicho no estamos negando
la idea, la posibilidad de concebir
la escuela como el resultado de una construcción social, tal
como lo plantean Ezpeleta y Rocksvell; pero
sí es preciso relativizarlo y Juzgarlo
en razón de circunstancias históricas particulares. Es
cierto que, tal como lo afirman las autoras del
trabajo que venimos comentando, no existe "la"
escuela sino escuelas singulares, pero a la singularidad
virtual de cada institución escolar se opone la acción
uniformarte del Estado (nos referimos ahora al
aparato) y también la incidencia de la
hegemonía en la conformación del "sentido común"
de los sujetos de la educación (maestros, alumnos,
padres) y en general de todos los sectores que en mayor o
menor grado tienen que ver con la escuela y que, en consecuencia,
serían los encargados de realizar aquella construcción social singular. Lo último alude nuevamente al concepto de Estado
ampliado y a la acción homogeneizadora
de la hegemonía y sus efectos "socializadores” que tienden
a uniformar las conductas.
Cabe admitir, de todos modos, que cuanto más ligada se encuentre la historia
de la escuela a la de barrio,
la villa o el pueb1o, el factor "control
institucional” se hallará más mediado, más naturalizado por elementos que proceden de lo local:
tradiciones más o menos alternativas (a la
oficial), historias de resistencias, en fin, la memoria colectiva que operara neutralizando, resignificando o redefiniendo las propuestas o iniciativas oficiales.
Los contenidos escolares
La discusión
acerca de los contenidos educativos se
halla estrechamente ligada
a la problemática más general
del conocimiento. Si bien —nos
apresuramos a aclarar— no se agota en ella, es indudable que más allá
del cúmulo de circunstancias que eligen que
se le dé un tratamiento
especial, es preciso reconocer que no
es posible abordar el tema sin aludir
a cuestiones de índole epistemológica y a otras, que sin serlas, enmarcan la labor
científica.
No cabe duda de que en las escuelas argentinas reina soberana la concepción positivista más clásica y aún estamos
tentados de decir -ingenua- del
conocimiento científico como proceso y producto. Una concepción que utiliza
la práctica científica como una actividad
que se verifica de un modo coherente y ordenado, en un medio
armónico y solidario (la comunidad científica), aislado e incontaminado (que garantiza la "independencia" del hombre de ciencia), en el cual
confluyen anhelos y vocaciones individuales orientados y estimulados por el valor supremo de la búsqueda de la verdad:
este compromiso individual y aquella armonía colectiva garantizarían la "objetividad" científica. ¿No
es ésta acaso la imagen que se ofrece en la
escuela primaria, media y aun en la
universidad, del científico y de su mundo?
Por otra parte, en cuanto al conocimiento en sí, a
los productos de aquella práctica, ¿cómo se
los concibe? Se confunde discurso
científico con realidad (natural o social).
Se supone que los postulados y
afirmaciones científicas dan cuenta efectiva de los hechos, fenómenos y
procesos naturales y sociales. No hay mediaciones que se interpongan entre el hombre de ciencia (cuyo paradigma es el físico o el biólogo) y "el inundo exterior"; no los
hay porque también se supone que fenómeno y objeto de conocimiento son la misma cosa. La objetividad —que
además de aludir al compromiso del
científico con la verdad, actitud subjetiva conforme al deber ser, aquí también significa representación apropiada de la realidad, una
suerte de curioso nominalismo científico que acaba por "hacer" la
realidad al nombrarla (Kosi, Karel, 1986. La objetividad, decíamos, se hallaría garantizada por el
conocimiento previo del investigador (su
información acerca de la realidad que
se propone investigar) y por la excelencia de su armazón
metodológico.
Desde
esta óptica, la actividad y el conocimiento científicos son tan neutrales como
lo es la educación misma, desde la perspectiva liberal neoliberal: ajenos ambos
a los conflictos sociales y a los
problemas del poder. La Ciencia (así, con mayúscula, fuera de
la historia, despersonalizada) no
reconoce clases sociales; el hombre
de ciencia es un perfecto
esquizofrénico, que sin mayores
dificultades se parte en dos: hombre y
científico. En este segundo (¿o primer?) "rol" se despoja de las normas, valores, representaciones
del mundo, etc.; es decir, de todo aquello que lo constituye como sujeto histórico singular. Hecho
esto, hace ciencia.
En general, la actitud del
docente —y singularmente la del maestro
primario— se sienta básicamente en este tipo de
premisas, porque la tradición iluminista y positivista
sigue alimentando el quehacer educativo en nuestras escuelas, más allá
(le variaciones modernizantes y otras formas de, “aggiornamiento". Esto es así tanto para los que elaboran el currículum como para aquellos que lo ponen en práctica en el aula, y los
desacuerdos respecto de contenidos
o de procedimientos didáctico, metodológicos no exceden lo técnico-pedagógico. Es que aquella visión que es uno de los elementos que configuran el "normalismo" y el "sarmientismo", se encuentra entre las tradiciones más arraigadas de la escuela argentina de la que se
nutre el "sentido común" de nuestros docentes.
Pero,
tal como afirmábamos más arriba, lo expresado no
agota el análisis de la cuestión de los contenidos
escolares. "La importancia de los conocimientos
escolares en relación al sujeto reside en que éstos (conocimientos)
son presentados con carácter de ser los “Verdaderos” conocimientos, implicando una cierta autoridad desde la cual definen también implícitamente lo que no es conocimiento, y una cierta posición para el sujeto en la apropiación de él. Desde este punto de
vista, los contenidos escolares delimitan lo
legítimamente cognoscible a partir de
la experiencia escolar (Edwards,
V., 1985)
El texto citado nos
muestra, entre otras cosas a las que aludiremos, más adelante, el papel que juega la escuela
como importante eslabón de la cadena (le legitimación del “Saber elaborado” En el acto de poner "el conocimiento" al alcance del pueblo, de proceder a "distribuirlo", la escuela lo legitima a los ojos
de la gran mayoría de la población. Ninguna
otra institución está en condiciones de cumplir esta función con la autoridad socialmente reconocida con que lo hace la institución escolar. Es claro que sobre una parte del saber que transmite (que
"distribuye" o que circula)
en la escuela no hay mayores
controversias, o directamente existe
unánime consenso a nivel universal (el campo de las ciencias exactas y físico-naturales), pero no puede afirmarse
lo mismo respecto del amplio
campo que cubren las ciencias
sociales. No obstante ello, la escuela
parece no reconocer el hecho de que la "ciencia social" no puede
desligarse de visiones del mundo,
—visiones que no son ajenas a
particulares situaciones de
dominación— e incorpora al
currículo y trata al "saber
elaborado" que da cuenta de la
realidad social, tal como si en torno
a él existiera el mismo nivel de
consenso que se verifica en el caso de aquellas otras
ciencias.
Por
otra parte, más allá de negarle carácter objetivo y validez
universal al conocimiento científico-social,
no podemos dejar de observar- que en el aula —en el,
texto escolar o en el discurso del maestro—
el "saber elaborado" suele cargarse de opinión o
confundirse con ésta. De modo que lo que A. Heller
señala a propósito del conocimiento o saber cotidiano (Heller, A., 1977) es aplicable al saber que proporciona la escuela: en ella doxa y episteme, opinión y saber filosófico-científico se articulan, se yuxtaponen o
compiten de modo diverso, aunque naturalmente,
varía el grado de presencia de uno y otro respecto
del que encontramos en la vida cotidiana del mundo
"exterior".
La apropiación
El
texto de Edwards, más arriba citado,
nos da pie para formular algunas aclaraciones a propósito
del concepto de apropiación que aparentemente
ha sido incorporado de modo definitivo al vocabulario socioeducativo y sociocultural en general, y que está siendo utilizado con mucha frecuencia, con diversos sentidos y de común en forma
imprecisa y ambigua. Señalaremos algunas consecuencias derivadas de su uso, que nos llevan a dudar de su utilidad para mejor comprender lo que sucede en el aula y en general
en el ámbito escolar.
En el
trabajo de Ezpeleta y Rocksvell que estuvimos comentando,
las autoras se preocupan por dar cuenta de lo que
efectivamente sucede en la escuela. "Se
conoce muy poco de lo que en dicha institución
realmente pasa, de las prácticas y los conocimientos
a través de los cuales existe, de las jerarquías,
seguramente cambiante de esas prácticas. Se desconoce su
vida cotidiana" (Ezpeleta y Rocksvell, 1985, Pág. 197). En
efecto, tal como lo indica Ezpeleta en
otro trabajo, la visualización de la escuela ha venido discurriendo "entre el supuesto y la
deducción". Sin embargo, en el legítimo propósito por acercarnos a la escuela real debemos ajustar nuestros instrumentos conceptuales, sometiendo los conceptos centrales en torno a los cuales se articula el resto a una rigurosa crítica y vigilancia.
Sin duda hay una diferencia sustancial
en el uso que Ezpeleta, Rockswell y Edwards hacen
del concepto de apropiación respecto de la gran mayoría de los otros
autores, especialmente de aquellos que no militan en el campo crítico. Aludimos en primer lugar a "la materia" de la apropiación, que comúnmente se limita
al "conocimiento" (el saber
elaborado, los instrumentos conceptuales, etc.) - O a un indefinido "capital
cultural", cuyo contenido resulta escurridizo; por momentos se presenta como
sinónimo de
conocimiento escolar (o conocimiento en
general), por momentos pareciera referirse también a otras
cosas. Pero, por otra parte, además de la
materia en sí de la apropiación, importa que se la conecte
o no con las situaciones de dominación, con
los conflictos de poder entre clases sociales. En esto la
posición de las autoras que comentamos es muy clara: en la escuela
las clases subalternas se apropian no tan
sólo de conocimientos escolares, sino
también de usos, prácticas, espacios,
etc., y todo ello para reproducir o transformar la sociedad.
No
obstante, no menos importante que lo anterior —la
"materia" apropiada o apropiable y su significación
ideológico-política, su conexión con un
contexto social conflictivo —resulta
identificar al sujeto que se
apropia. De modo que las preguntas
sustantivas no son dos, sino tres: 1)
¿de qué se apropian los sujetos? (cuál es la "materia"); 2) ¿para qué se apropian los sujetos de tal "materia"' (cuáles son las consecuencias de tal apropiación para el movimiento general de la sociedad); 3) ¿quién es realmente el sujeto que se apropia? Ya hemos aludido las dos primeras preguntas, examinaremos
ahora esta última: el sujeto que se apropia.
a)
Quien se apropia es siempre un individuo; por lo tanto
las apropiaciones tienen siempre una
dimensión individual.
b)
Quien se apropia es varón mujer,
niño, joven, adulto o ancla no; las apropiaciones tienen
siempre una dimensión biológico-existencial.
c)
Quien se apropia pertenece a alguna clase social; las apropiaciones tienen siempre una dimensión de
clase. Se efectúan desde una clase social determinada.
De
modo que las apropiaciones: son diferenciales no sólo a nivel individual y biológico-existencial, si no que también lo son en término de clase social. Nos interesa destacar ese
último hecho porque lo consideramos de
crucial importancia en toda discusión
acerca del papel de la escuela (de la
educación el general) en la sociedad, de su función más
o menos reproductora, de
su mayor o menor aporte a la transformación
o al mantenimiento de las relaciones
sociales existentes. Queremos decir que todo individuo que se apropia de "contenidos escolares" o de "capital cultural", varón o mujer, niña o niño, lo hace siempre desde su clase, desde o a partir del
"sentido común" de su
clase, más o menos contradictorio, más o menos "cargado" de
hegemonía. Cuando Bourdieu, por tomar su caso, nos plantea el fenómeno de la apropiación desigual del capital
cultural —en función de la posesión desigual
de los instrumentos idóneos para la apropiación de dicho capital— se refiere a la diversa
cantidad y/o calidad del capital apropiado,
y no a una distinta apropiación
del mismo capital. Es decir, no parece apreciar otro fenómeno de igual o mayor significación: la apropiación diferencial de clase,
las diversas "lecturas" del
mensaje, no (o no sólo) individuales y
biológico-existenciales, sino también
y siempre de clase. ¿Cómo recibe,
incorpora o se apropia" un chico
de una villa, una clase, un comentario de su maestra acerca de la
"igualdad de los hombres? ¿Qué siente ese chico, cómo conecta el discurso
del maestro con su experiencia de vida? ¿Y
el hijo del médico? ¿Experimentará las mismas sensaciones, las mismas
emociones, en fin la "apropiación" será igual
en los dos casos?
La reproducción
Decíamos al
comienzo de este trabajo que
la discusión en torno al problema de la
reproducción (dentro o
fuera de la escuela) dista de haber sido resuelta. La literatura sobre el tema, abundante y variada, tanto la que fue
apareciendo en América Latina
como la que nos
llegaba de Europa y los EE.UU. fue insistente en señalar la parcialidad y
las limitaciones del
enfoque reproductivista. En ocasiones asistimos a verdaderos ataques a la "teoría
de la reproducción", con evidentes
propósitos descalificadores. Pese
a ello, en un trabajo anterior afirmábamos: ..,"debiéramos admitir que.
. . . .reproductivistas somos todos, con lo cual queríamos decir simplemente
que desde la perspectiva crítica no es posible ignorar ni minimizar la
existencia de los procesos de reproducción en la escuela y, consecuentemente,
dejar de tenerlos presentes en el análisis de la
misma. En tal sentido disentimos con Giroux, en la medida en
que su propuesta de centrar el esfuerzo en los
momentos de la "resistencia"
(Giroux, ll., 1985) resulte alternativa; es decir, suponga abandonar el estudio de los fenómenos que
afirman la función reproductora de la escuela.
Si el
trabajo escolar gira en torno de representaciones del
mundo, del hombre, de la relación entre los hombres,
entre las clases sociales, entre las naciones, etc., que acuerden o sean
compatibles con el discurso hegemónico, entonces la escuela reproduce.
Para hablar de lo nuestro: si la escuela
argentina continúa ignorando nuestra
situación de dependencia histórica, y la importancia de la misma como factor
determinante de la evolución del país
desde el mismo momento de nuestra constitución como Nación, la escuela argentina reproduce. Mientras la historia argentina se siga
enseñando por "el Grosso grande y el Grosso chico", como solía
decir A. Jauretche, una historia donde se
hermana a San Martín con Rivadavia, a
Alberdi con Sarmiento y Mitre;
una historia definida por este último
de una vez y para siempre en función de la célebre y
eficacísima dicotomía sarmientina
"civilización y barbarie" —que ha conservado una
extraordinaria vigencia a lo largo de toda nuestra
historia hasta el presente—. Mientras
esa historia, decíamos, ese conocimiento sea distribuido en las aulas de los establecimientos
oficiales y privados del país,
seguiremos pensando que la escuela argentina reproduce.
¿Qué significa reproducir desde el plano de lo
ideológico? Significa contribuir a la constitución de subjetividad, es decir
personas cuyas representaciones de la realidad, sus sentimientos, afectos y
emociones, adhesiones y rechazos los predispongan con inteligencia y ánimo, a
recibir positivamente las interpelaciones de las ideologías dominantes.
Reproducir es contribuir a hacer de cada sujeto un
“funcionario”. Pero entendemos que queda claro por lo dicho más arriba y
especialmente a propósito del concepto de apropiación que los sujetos
“interpelados” mostrarán una mayor o menor apertura a los mensajes en función
de su “sentido común”, sentido común que atesora la herencia
social y cultural del grupo, la memoria colectiva de la
clase. Fruto, todo ello, de viejas y renovadas
"interpelaciones", de antiguas y recientes experiencias
sociales y políticas, vividas en el seno de
cada clase de modo particular.
¿Cómo vivieron los acontecimientos de junio del 89
los niños, jóvenes y adultos de las
distintas clases y sectores
sociales? ¿Cómo fueron experimentados
los hechos por quienes participaron en
ellos de uno y otro lado del drama?
¿Cómo los vivieron aquellos que se informaron
por la versión que dio la TV y la prensa en general? ¿Qué imágenes sociales se
confirmaron, cuántas adhesiones y rechazos se fortalecieron? ¿Qué se
dijo "al otro día" en nuestra escuelas, en las de Córdoba, Rosario, Santa Fe, San Miguel, en
las del centro, en las de barrios periféricos y villas?
No sabemos hasta qué punto este
tipo de circunstancias sacuden la escuela, la arrancan de su "aislamiento",
la conectan con la vida cotidiana,
desarticulan la regulación
institucional, o la neutralizan. Pero, hechos de esta gravedad no ocurren todos los días, y transcurridos los momentos de conmoción, la escuela retoma la rutina de todos los días. En rigor, la referencia a tales hechos apuntaba a mostrar, con un caso
extremo, el fenómeno de las
"lecturas" particulares de clase
y las consiguientes apropiaciones diferenciales. También nos resulta útil para recordar que las condiciones objetivas constituyen el terreno más o menos propicio en el cual
se verifican los procesos de hegemonía, cuya
eficacia resulta de la conjunción de
aquellas con las condiciones
subjetivas de los sujetos;
condiciones subjetivas con las que
mucho tiene que ver el "sentido
común" de los individuos en cuestión (en' nuestro caso,
los sujetos de la educación).
Como corolario de lo expresado hasta aquí, citaremos un sugerente texto de
Bourdieu del que, curiosamente, el autor de
La Reproducción no extrae las conclusiones que para nosotros se hallan "a la vista” “...una
institución cuya misión oficial sea la transmisión de los instrumentos de
apropiación de la cultura dominante y que metódicamente descuida la transmisión
de los instrumentos indispensables para asegurar esa misión está destinada a
convertirse en el monopolio de aquellas clases sociales que son capaces de
transmitir por sí mismas, a través de esa acción educacional continua e
implícita que opera dentro de las familias, los instrumentos necesarios para la
recepción de su mensaje” (Bourdieu y Passeron)
Preocupado por denunciar el círculo
vicioso en virtud del cual sólo las clases sociales que ya
disponen de capital cultural (y de los instrumentos
para su adquisición) están en
condiciones de aprovechar lo que
brinda la escuela, Bourdieu parece no
reparar en que dichas clases —que no
son otras que las clases medias— están
por esas mismas razones más expuestas o "desprotegidas" ante los mensajes de la cultura dominante. Es decir, que como ningún otro sector de las clases dominadas, las clases medias
se encuentran en "óptimas" condiciones
de ser sometidas (como diría
Therborn) por las interpelaciones de
las ideologías dominantes, puesto que
su "sentido común" se
encuentra profundamente penetrado por
el discurso hegemónico. De aquí la
importancia que asignamos a las apropiaciones
diferenciales de clase. En su afán por defender la escuela
(particularmente la escuela pública u oficial) como única garante de la educación
popular, virtualmente todos los autores
críticos - que rechazan las
formulaciones reproductivistas- no parecen reparar el, la circunstancia que acabamos de señalar. La discusión que se ha venido desarrollando en nuestro continente a lo largo de toda la década del '80 —y que a
este respecto ha sido poco menos que un monólogo— ha ignorado totalmente a las clases medias. Toda referencia a
la "resistencia", las contradicciones
o los antagonismos en la escuela ha
tenido como únicos protagonistas a la
clase obrera, a los
"sectores populares" o a las "clases subalternas"
con exclusión manifiesta o implícita de las
clases medias. Como si en su inquietud
por demostrar la irrealidad de las afirmaciones del reproductivismo necesitaran "emprolijar" las cosas, recurriendo para ello al expediente más directo: quitar del campo del análisis a las clases medias cuya incómoda
presencia complica el panorama.
Nosotros preferimos mantenerlas bajo nuestra atenta y preferente mirada, aunque ello nos obligue a
admitir que la reproducción —como
los fantasmas del paisano—existe y que la polémica
en torno a los beneficios de la escuela para los "sectores populares" debe ser reabierta si es que alguien la consideró clausurada
o "superada". Ello a condición
de situar correctamente la discusión-,
esto es, incluir también a las clases medias como destinatarias naturales de la educación
popular y —a partir del reconocimiento de
que las apropiaciones son
diferenciales en términos de clase—
reintroducir o reenfocar la cuestión
de los contenidos escolares desde el
punto de vista de su relación
con la cultura dominante, es decir,
con los conflictos y las relaciones de poder.
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